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MicrorelatosRelatos

Un mal te quiero

18 julio, 2017 — by Jorge Fernandez0

Y tuve que arruinarlo, como adolescente ansioso y virgen, le dije te quiero justo antes de subirse al bus. Y no uno que haya planificado o improvisado como detalle final. No, fue uno de esos que se salen como desbordados, sin freno y sin proponérselo.

No pudo falsear el asombro en su rostro y yo no sabía si lograba disimular la vergüenza en ese momento. El bus había ya había parado a nuestro llamado y solo atiné a decirle anda, ya sube.

Supe al instante que no volvería a saber de ella, pues a pesar del tiempo, solo teníamos algunos besos anotados en la pequeña libreta que éramos juntos.

Se despidió con un mensaje y me deseó buena suerte y, creo que me la dio, porque cierto es que al cerrarse una puerta, otras se abren presurosas a mi paso.

Relatos

Pequeñas Ansias

21 abril, 2015 — by Jorge Fernandez0

La llenaría de besos lentamente y al ritmo de un guitarra de jazz, ella no se daría cuenta de nada. ¡Sería tan sutil y maquiavélico! Recorrerían mis labios su cuello con cierta desesperación y ella sonreiría plácidamente porque también lo deseaba.

Y mis manos sentirían a pleno la suavidad de su piel, todo fluiría como el mar, en un vaivén acompasado. Y sus gemidos se juntarían con los míos en un canto de susurros, semejantes a la voz de un saxo. ¡Ay! La besaría tanto. Y sería tan sutil y maquiavélico que quizás -algún día- intente hacerlo.

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Un psicópata

17 enero, 2015 — by Jorge Fernandez0

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Desearía poder parar el tiempo sólo unos segundos, su mirada llena de espanto y dolor me penetra hondamente en el alma, y me siento vivo. Me gusta cómo grita, desesperadamente, tratando de hacer pasar a través de la mordaza su voz herida y angustiada; su cuerpo se pone tenso mientras intenta, inútilmente, quitarse las ataduras, y empiezo a sentir un calor bajo mi vientre, ella ya está desnuda y yo también.

Relatos

Un cuento para Annelise

11 octubre, 2014 — by Jorge Fernandez0

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Annelise, escondida tras la pared que daba a la cocina, estaba algo inquieta y asustada, y mientras su mamá estaba en su escritorio trabajando ella se preparaba para cruzar la sala en puntillas llevando algunas cosas debajo de su ropa de bebé; todo era un misterio, ni su hermana mayor ni su mamá se habían enterado de la travesura que se había dado lugar en la cuna de Sophía, su hermana menor; tan sólo minutos antes a Annelise se le había ocurrido la idea de embarrar toda la cuna con chocolate y miel, al principio parecía algo muy divertido, pero cuando ella empezó a ver que su ropa se ensuciaba se molestó mucho y se percató que debía limpiar todo antes que su hermana llorara y alertara a su mamá y a Isahaya.

Cuando Annelise regresó de la cocina vio a Sophia con la cara llena de chocolate sonriendo mientras se lamía los deditos llenos de miel. A Annelise casi se le escapa un grito, esta vez sí estaba en problemas, su corta edad le impedía resolver su travesura sola y sin que nadie se enterara.

Así que ella le dijo a su hermana que se quedara calladita mientras limpiaba y que podría lamer la miel de los barrotes que todavía estuvieran sucios, y Sophía aceptó.
Annelise había sacado de debajo de su ropa de bebé unos trapos húmedos y una esponja mojada y empezó a limpiar, primero la cara de su hermana y luego sus manos.

Justo cuando ya estaba a la mitad de la limpieza y pensaba que ya lo iba a lograr, a su mamá le extrañó tal silencio sepulcral y supo que algo andaba mal, y entonces le escuchó decir: Isahaya! ¿estás con las bebés?; Annelise se quedó helada y supo que todo ya estaba perdido, en seguida su mamá e Isahaya entrarían en la habitación y la regañarían, y así sucedió, mientras tanto Sophía seguía sonriendo feliz con tanto dulce y chocolate tan al alcance de sus manos, hasta se oyó decir que nunca había sonreído tanto.

A Annelise la enviaron a su cuarto castigada, así que estaba triste, sabía que había hecho una travesura y quería darle a su mamá un regalo para que la perdone, sacó un papel y unos lápices de colores y se puso a dibujar unos globos y mientras pensaba en lo genial que sería ir por la calle con su mamá volando por los aires colgadas de los enormes globos que estaba dibujando se encontró saliendo de su casa flotando al ras del suelo mientras sujetaba un pequeño globo rojo con una carita feliz pintada.

– ¡Mamá, voy al cielo, me voy, mira!- grito Annelise a medida que subía lentamente colgada de su globo.

Su madre se apresuró a salir con Sophía en brazos para ver qué pasaba, detrás de ella estaba Isahaya, molesta porque estaba limpiando el desastre que había hecho Annelise; cuando se dieron cuenta que Annelise se iba realmente volando, apenas tuvieron tiempo de sujetarse de sus pies y, mientras el globo rojo se hacía más grande y subían más y más hacia el cielo, Café ladraba desesperadamente, mirando como su familia humana se iba por los aires.

Estando muy arriba ellas, algo asustadas, pues nunca antes habían volado, miraban con asombro la ciudad y a las personas que desde ahí se veían muy chiquitas; luego pasaron a través de una nube que tenía un olor muy agradable, entonces Annelise tomó con su manito de bebé un poco de nube y se lo llevó a la boca,- !parece algodón de azúcar, dijo, y cuando lo mastico parece agua!

Así que todas aprovecharon para saciar el hambre y la sed comiendo un poco de nube, tan satisfechas quedaron con el banquete que hasta la carita feliz del globo parecía más contenta todavía. Sophía se sujetaba muy fuerte de su mamá y le decía al oído que Annelise siempre hace travesuras que las meten en problemas pero que la disculpara porque ella necesitaba a su hermana para seguir jugando en la cuna llena de chocolate y miel.

De pronto el globo se fue haciendo más pequeño y fueron descendiendo hacia una cabaña que estaba rodeada de árboles y animales de colores. A la puerta de la casa había un jardín lleno de rosas, jazminez, claveles y pasto para sentarse a conversar.

Cuando estuvieron en el jardín, Annelise se tiró al pasto mirando al cielo con las manos y piernas estiradas, se dio cuenta que ya era de noche porque la luna iluminaba todo y estaba tan grande que le pidió a su mamá su teléfono de juguete y llamó a un hombre, al que nunca había visto y le dijo: La luna está muy grande, parece de mentira. Chau, cuídate.

Las cuatro mujeres, mamá e hijas, estaban sobre el pasto del jardín mirando al cielo, contando estrellas y uniéndolas para formar animales con ellas; si no fuera porque Isahaya tenía frío se hubieran quedado allí toda la noche, pero entraron en la cabaña, y encontraron la comida recién hecha, caliente y había una chimenea con leña prendida. Nadie sabía de quién era esa casa y tuvieron miedo de haber entrado sin permiso. Entonces comenzaron a indagar, buscando alguna señal que les sirviera de información, en la mesa del comedor había una nota que decía así:

“Coman, la cena está recién hecha, creo que su comida favorita. Hay una cama para cada una, pueden quedarse el tiempo que deseen, son bienvenidas. Les dejo a todas un abrazo y un beso especial para Annelise, que es mi favorita. Las quiero mucho.”

– Mamá, la casa de él, yo le acabo de llamar, ¿porqué no me dijo que la comida ya estaba lista?- dijo Annelise con una carita de hambrienta que su mamá no pudo resistir.

Así que fueron a la cocina y trajeron a la mesa unos platos llenos de comida, se sentaron, comieron y bebieron. Luego Annelise dijo –hay que ir allá, donde está el sofá y leamos cuentos para dormir.

Annelise no se sentó el sofá como sugirió, sino que se echó en la alfombra que tenía muchos colores y dijo: acá me siento bien, acá me quedo. Su mamá buscaba en el estante algún libro que pudiera leerles y encontró un sobre con una hojas dentro que decía “Un cuento para Annelise”. Justo cuando su mamá empezaba a leer el cuento, Annelise escuchaba muy despacito y lejos, que alguien la llamaba con ternura.

Ya despierta dormilona, una te castiga y tú te duermes,- le dijo su madre; entonces ella se lanzó a su brazos y le contó el sueño curioso que acababa de tener, le habló del globo volador, de la nube que se hacía agua en la boca y de la luna gigante; mientras tanto Isahaya ya estaba terminando de dejar limpia la cuna de Sophía, sin dejar de renegar.

Relatos

La rutina de -(un pájaro)- un gato y un perro

18 mayo, 2014 — by Jorge Fernandez0

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Iba un gato lentamente buscando a su amo, tratando de no despertar al perro que se encontraba en el pasillo por donde debía cruzar. El perro, echado sobre la alfombra que recorría el pasillo de extremo a extremo, descansaba tranquilamente, dispuesto de tal manera sobre el piso que la única manera de pasar era saltando sobre el gordo can, lo que significaba una complicación para el gato.

Relatos

El vagabundo y el hombre del piso trece

29 diciembre, 2013 — by Jorge Fernandez0

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La noche, la luna amarilla, la brisa de aire frío y una calle donde pocas personas pasaban a esa hora; y él, caminando lentamente por esa calle, con un cigarro en la boca, botando el humo pausadamente, sacó del bolsillo de su chaqueta una botella pequeña de ron, se quitó el cigarro de la boca y bebió un trago. Y otra vez con el cigarro en su boca, sonrió. Llevaba ya varios días rondando aquella calle, con un cigarro en la boca y una botellita de ron guardada en su chaqueta.

Relatos

Un hombre común

17 diciembre, 2013 — by Jorge Fernandez0

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“Hay hombres comunes en todo el mundo y en todos los estratos sociales, tú puedes ser uno de ellos.”

Sebastián era hombre común, él no lo sabía. Tenía lo suficiente como para sentirse exitoso, un trabajo estable, un departamento que está pagando a crédito, amigos igual de comunes que él, algunas fiestas cada quincena, cosas que llenan su departamento y una novia- como lo son todas las novias de lo hombres comunes.

Relatos

La historia del hombre que no conocía el sentido de su vida

16 diciembre, 2013 — by Jorge Fernandez0

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La cabaña, alumbrada apenas por una par de lámparas, fue el hogar de un niño diferente, un niño que no conocía su verdadera naturaleza.

Sus padres no dijeron jamás la verdad. El creció, pensando que todo lo que sucedía a su alrededor sólo eran casualidades o extraños acontecimientos que sus padres siempre trataban de encubrir diciéndole al niño alguna mentira.

Relatos

Del bar al hotel

16 diciembre, 2013 — by Jorge Fernandez0

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Ya era demasiado tarde, no había terminado su segunda copa y salió del bar como sin rumbo, pero los que lo vieron en el bar sabían adónde iba, él sabía adónde iba. Su mirada reflejaba la tristeza, la amargura y la impotencia que había guardado durante tantos meses.

Poco le importaba el viento áspero que respiraba por la boca, ni el agua que había penetrado sus zapatos al pisar un charco. Él tenía que resolverlo todo en ese momento, la desesperación le carcomía los pensamientos, no tendría problemas para entrar, aún conservaba la llave.

Relatos

Exaltación a la mujer que no existe

16 diciembre, 2013 — by Jorge Fernandez0

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La imagino despierto, la veo tan real en mis más fervientes sueños que, desearía no despertar  jamás.

Ella está ahí, mirándome de pie, a través de la puerta de vidrio que separa el interior de la casa con el jardín. Yo siembro un pequeño cactus, mis manos llenas de tierra mojada, sucias, terminan de enterrar sus raíces. Ella se acerca, hermosa, única, lleva un largo vestido blanco y, en los pies, unas sandalias al estilo romano. Sus cabellos poseen ondas que estando desnuda cubren su pecho. Su voz es melodiosa  y es un placer escucharla.